Recuerdo cada detalle de ese pequeño rincón. Siempre vuelvo a ese lugar que simplemente me fascina. Contemplar, respirar y sentir esa energía inagotable de la playa en invierno es algo que está por sobre todo. Cuando caminaba descalza por la orilla del mar y el sonido de las olas golpeando las rocas envolvían el entorno, sólo quería nadar a pesar de lo frío que estaba el día. La percepción de “es invierno” me detuvo por algunos momentos pero, no me frenó. Me sorprendí respondiéndome con una sonrisa y con cara de no me importa. Caminé lentamente hacia la orilla del mar para disfrutar cada paso que daba. Me acerqué poco a poco hasta que el frío mar llegara a mis tobillos y la brisa jugara enredando mi pelo. De un instante a otro, casi sin darme cuenta, había nadado hasta el límite en una especie de éxtasis. No importaba nada en ese momento; la lejanía del lugar, lo solitario que era. El maravilloso entorno me daba la razón: era algo que tenía que hacer y sin dar explicaciones, solo disfrutar de aquel momento. Al salir confieso que no fue fácil pero me sentía encantada con el movimiento de ir y venir de las olas, el sonido del mar al golpear en las rocas. Ya en la orilla otra vez, a modo de despedida, disfruté del mágico atardecer.

